2009 / 2010
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  Gustavo
Gorriti
 
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  LA LEALTAD FUNDAMENTAL DEL PERIODISTA ES CON LA GENTE, CON EL PUEBLO (Pagina 2)

¿Cuál fue su primera historia?
Cuando llegué, Zileri me puso con el editor de internacionales, José Rodríguez Elizondo, a hacer un suplemento sobre los antecedentes y la historia del terrorismo en el mundo. Estaba trabajando en eso cuando se declaró el estado de emergencia policial en Ayacucho, en octubre de 1981. Declararon la emergencia bajo el mando de la policía, y preguntaron “¿a quién se manda?, a ver, Gorriti”, y fui con Óscar Medrano, fotógrafo con el que después hice innumerables viajes a Ayacucho. Sacamos dos casos de torturas en un brevísimo tiempo de reportaje, logramos tres o cuatro historias, algunas de ellas bastante impactantes. Ese fue el comienzo, a partir de ese momento ya no se comisionó a otra persona en ir a cubrir a eso.

  ¿Imaginaba especializarse tanto en la cobertura del Senderismo?
No. Cuando entré a Caretas mi idea era hacer periodismo cultural. Yo pensaba que se podían hacer grandes notas sobre escritores, artistas en el proceso de creación. Pero sí, me interesaba desde el comienzo el tema del Senderismo. No fui a Ayacucho como una suerte de víctima. Algunos, en Caretas y en otros lados inicialmente lo vieron así, pensaron que esa era una cobertura de policiales. La idea de las redacciones durante ese tiempo era que policiales era una especie de cobertura de menor categoría, cosa que francamente es una estupidez. Esa una de las coberturas que requiere más talento, más conocimiento, una mayor conjunción de habilidades. La llamada cobertura policial es en realidad la de la violencia y la transgresión humanas. Se pensaba que lo ideal era la cobertura política, estar ‘cerca de’, ‘hablando de’, ‘chismeando sobre’, las pugnas entre los diversos dirigentes políticos. Yo, entre estar dando vueltas en esa cosa que me parecía en el comienzo tan estéril y carente de real interés, y la cobertura del Senderismo, preferí desde el comienzo lo último. Eso, era algo que ponía en tensión las mejores capacidades para poder cubrir algo, y fueron en la práctica, mi gran escuela.

¿Cuánto tiempo cubrió el Senderismo directamente?
Hasta el 86, sin parar, excepto cuando me fui a la Beca Nieman, en Harvard, y luego me puse a escribir el libro Sendero, historia de la guerra milenaria en el Perú. Pero no había mes en que no fuera al menos dos veces a la zona de violencia. Y junto con eso, poco tiempo después empecé a hacer periodismo de investigación. Entonces sumé toda la cobertura del narcotráfico y corrupción, y ahí sí comencé a conocer un mundo nuevo. Fue otra visión de la realidad, otra comprensión del país. Me dediqué a ello con intensidad y tratando de comprenderlo bien, de no equivocarme y de poder llegar hasta el fondo cuando investigaba.

¿Cómo fue el proceso de ese libro?, que algunos consideran que fue el primero de periodismo de investigación sobre el Senderismo…
En realidad lo comencé a hacer desde la primera cobertura. Luego, cuando estaba muy claro que si uno solamente seguía los casos no podría comprender para nada lo que estaba sucediendo, comencé a tratar de averiguar más, qué llevaba a esa gente a hacer lo que hacía, a muchachos que eran jóvenes callados, tranquilos, buenos estudiantes, que de repente eran capturados lanzando una bomba, atacando un policía, matándolo. Me empecé a meter mucho más en el estudio de la doctrina para entender cómo funcionaba su pensamiento.

Luego vino la incursión a la prisión de El Frontón…
Fui el primer periodista que entrevistó a los senderistas en El Frontón, en la prisión que ellos controlaban por completo. Llegué allá a entrevistar a un preso que estaba injustamente capturado, y en lugar de eso fue la impresionante cobertura de cómo los senderistas controlaban entonces la prisión. Ellos me recibieron y me metí a su pabellón. Los pude entrevistar largamente, sacamos tres portadas sucesivas de Caretas con eso, y entonces tuve clarísimo que teníamos una guerra que iba a ser infinitamente más dura de lo que se suponía. A la vez también me puse a tratar de conocer mejor al funcionamiento de las instituciones militares y policiales, y cuáles eran las estrategias y doctrinas contrainsurgentes que tenían, cómo las hacían, cómo las llevaban a cabo, todo eso, y la interrelación con la corrupción. Acumulaba la mayor cantidad de material posible, no podía utilizar todo pero lo iba guardando, pensando en la posibilidad de hacer algo más completo. Entonces busqué la circunstancia de poder escribir el libro.

¿Cuál fue su primer acercamiento a la cobertura de la corrupción?
Fue el caso Langberg, en 1982. Fue mi primer gran caso de investigación, de narcotráfico vinculado con la corrupción política, la infiltración de estructuras estatales y partidarias, el partido aprista (actualmente en el poder) en este caso. Carlos Langberg había llegado a tener las relaciones más cercanas estrechas con los niveles dirigentes del gobierno militar, con el Ministro del Interior --en una estrechísima relación de protección con él--, y después controló el partido aprista para todo propósito práctico: les financió muy buena parte de la campaña presidencial de 1980. Además era un empresario editorial que tenía un periodiquito, P.M., que llegó a botar 500 mil ejemplares por día. Esa persona tenía un poder tremendo, y fue el primer caso. Lo de Vladimiro Montesinos fue en 1983, y simultáneamente con eso, ese año empecé a hacer lentamente la investigación del caso Rodríguez López (narcotráfico) que pude sacarlo recién en el 85. Este controlaba a la entonces policía de investigaciones, al jefe del servicio de inteligencia de esa policía. Que la policía trabajara para el enemigo fue una cosa difícil de aceptar, pero resultó inevitable una vez que las evidencias se fueron dando.

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