2009 / 2010
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  Gustavo
Gorriti
 
BIOGRAFÍA
ENTREVISTA
 
 
     
 
 
  LA LEALTAD FUNDAMENTAL DEL PERIODISTA ES CON LA GENTE, CON EL PUEBLO (Pagina 3)

¿Cuál hallazgo lo sorprendió más?
Todo. Pensé que iba a encontrar corrupción, pero hallar los niveles de metástasis que hubo, me sorprendió profundamente. Por supuesto, me hizo investigar más allá para ver hasta dónde llegaba. Por fortuna me ayudaba el no ser pesimista, el no esperar encontrar malas noticias. Entonces, cuando veía una nueva manifestación de corrupción delante de mí, me veía en la obligación de verificarlo y volver a verificar para ver si de alguna forma me había equivocado. Eso me ha ayudado muchísimo para investigar. De otro lado, también pensaba que la corrupción tenía que ser un factor de excepcionalidad y que tenía que haber en esas instituciones gente que defendiera los ideales policiales o militares o ciudadanos, entonces buscaba siempre a la gente virtuosa. Me engañé muchas veces, pero eventualmente los encontré y resultaron siendo excelentes fuentes de información.

  ¿Usted ya estaba aplicando técnicas del periodismo de investigación o actuaba más por la lógica?
Por instinto, básicamente aplicando las técnicas de investigación que había empleado en el estudio al tratar de meterme en un tema, buscar las mejores fuentes, usar las fuentes secundarias pero establecer una jerarquía de información, corroborar, cruzar, establecer discrepancias entre diversos datos, poder superar los obstáculos para adquirir la información.

¿Cómo se decidió a tomar un caso tan peligroso?
Tengo un libro sobre eso, se llama La Calavera en Negro, donde cuento cómo tomé el caso. Otro periodista había sido intimidado y había decidido renunciar a ese seguimiento. ¿Cómo me preparé para hacer frente a eso? Mi educación en artes marciales, desde los 15 años, fue un factor muy importante, no en términos de técnica, sino de actitud espiritual, de disciplina, decisión, conocimiento de lo que la fuerza y la violencia pueden hacer o no hacer, conocimiento de cómo yo puedo reaccionar y moverme en esa circunstancia, y sobre todo entereza ante ello, no solamente ante las posibilidades de poder dominar la situación, sino de poder enfrentar todos los aspectos hostiles y negativos que hubo.

¿Sintió entonces miedo por su vida?
Bueno, estaba bastante claro que la vida estaba en juego. Cuando Zileri me propuso que me hiciera cargo, vivía con mi hija y mi novia --que es hoy mi esposa--. Le pedí un día para pensarlo, lo conversé con ellas, y lo pensé profundamente, sabiendo que una vez que se daba el paso, no había marcha atrás. Imaginé todas las posibilidades, ahí busqué asustarme proyectivamente por todos los sustos posibles que podía tener en el futuro. Tomé la decisión de hacerlo. Después de ese momento, sí puedo decir que el miedo jamás fue un factor que me llevara a retroceder o a avanzar. Pude ponerlo de lado.

¿Le siguió la pista a Montesinos hasta que este se encontró con Fujimori?
La primera vez que saqué una nota sobre él fue el año 83. Ya entonces él estaba metido en operaciones de extorsión relacionadas con el ejército. Me fue difícil tomar la historia porque mi familia había tenido una relación de amistad de dos generaciones, de tres quizá, con la familia Montesinos de Arequipa, pero me llegó la información y al final decidí, pese a eso, llevar a cabo la investigación. Él tuvo que escapar del país a consecuencia de esa primera investigación. Quizá ahí yo cometí un error al pensar que ya había quedado desmantelado como agente de lo negativo, y lo dejé. Pero luego volví a verlo como estratega legal de la organización de los Rodríguez López, y de los policías y militares corruptos. Luego me informaron, porque estuve fuera del país entre el 1987 y 1989, que se había convertido en el asesor en la sombra del entonces Fiscal de la Nación, y en ese contexto, me enteré también después de que había intervenido en el encubrimiento de la masacre de Cayara en la forma inescrupulosa y brutal con que normalmente lo hacía, y estuvo clarísimo que seguía siendo el mismo individuo peligroso, incluso más que antes. Y, de repente, después de que Alberto Fujimori gana súbitamente la elección del 90, recibo la información de que él era su asesor en la sombra.

A partir de determinado momento tuve claro que a Fujimori no le interesaba la verdad ni solucionar ningún problema moral de evitar la presencia de un peligroso delincuente en su entorno. Yo ya no trabajaba en Caretas pero tenía una relación, era corresponsal de El País y escribía seguido en The New Republic. Tratamos de investigar a Montesinos, pero este le hizo un juicio a Caretas, uno de los primeros de ese tipo, para impedir que publicara cosas sobre él, y era tal el nivel de control e influencia que tenía en el Poder Judicial que esa increíble medida se dio. Yo seguía haciéndolo, pero como escribía para el extranjero, no había demasiado interés. Ahí, ya estaba claro para mí que la situación era muy, muy peligrosa. En 1991 Montesinos era la persona más importante dentro de los organismos de seguridad del Perú.

¿Esos tiempos oscuros se prestan para que se haga mejor periodismo de investigación?
Hubo buen periodismo de investigación de algunos periodistas en algunos medios. Yo diría que, junto con la calidad que tuvieron varias de las cosas que salieron, también había un factor adicional que era el valor, la determinación, y además la capacidad táctica de los periodistas de moverse, porque el órgano central del gobierno era el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Los espías básicamente lidian sobre lo mismo de nosotros, que es la información, entonces había una guerra sobre la información, por supuesto, manejada y aproximada desde puntos totalmente diferentes, y eso incluía, obviamente, seguimiento, vigilancia y presiones y amenazas a los periodistas, y digamos en una desproporción tremenda de medios muy limitados. Y sin embargo salieron cosas notables.

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