2009 / 2010
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  Gustavo
Gorriti
 
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LA LEALTAD FUNDAMENTAL DEL PERIODISTA ES CON LA GENTE, CON EL PUEBLO (Página 4)


EL SECUESTRO

Usted ya ha contado y ha escrito sobre su secuestro en la madrugada siguiente tras el golpe del 5 de abril de 1992. ¿Con qué actitud salió? ¿Reforzó sus convicciones?

Lo que ya pasó lo he contado varias veces. Durante varias horas sentí que existía la posibilidad de morir, además, de la peor manera. Puse en juego hasta la última molécula de fuerza, de resistencia espiritual. Una de las cosas que tenía decidido era no permitirle jamás a esa gente verme humillado. Yo sabía, por experiencia, que cuando se está desaparecido, que eso fue el secuestro en realidad, las posibilidades de ser encontrado vivo son más o menos similares a las de encontrar un auto robado: las primeras 48, 72, hasta 96 horas, son relativamente altas de encontrarlo, después de eso bajan bruscamente. Yo me propuse tratar de aguantar ese lapso. Si después de ese tiempo continuaba desaparecido, sometido a torturas y maltratos, ya quería decir que mis posibilidades de salir con vida eran mínimas, y entonces había tomado la decisión de buscar resolver las cosas definitivamente. Por fortuna, los planes de contingencia que hice funcionaron bien, ellos fueron además torpes en llevar a cabo sus planes, y pude salir, tuvieron que reconocer mi detención, tuvieron que liberarme.

Cuando salí, fue con la determinación de que no me volvieran a agarrar, porque estaba bastante claro que si lo hacían, ya no salía vivo, y a partir de ese momento, durante varios meses, mantuve en el Perú y fuera de él, una posición de absoluta y durísima oposición a la dictadura. Cuando me preguntaron por qué me habían secuestrado, dije que era por haber revelado y llamado como lo que era, un traidor a la patria y un narcotraficante, a quien en ese momento controlaba el país, Montesinos, y que esa era la venganza de él. Pero una vez libre lo hice con más fuerza todavía. Resultado de eso fueron amenazas cada vez más virulentas, más fuertes, y yo y mi familia estábamos preparados para escenarios cada vez más cruentos. Me convertí en inempleable, cada vez recibían con menos agrado las cosas que yo tenía que decir, que no querían escuchar, era una cuestión muy incómoda lo que estaba hablando, no solamente aquí, sino en las publicaciones en el extranjero.

Mantener asegurada a mi familia me era costoso, y yo cada vez ganaba menos. Entonces en uno de los viajes que hice me ofrecieron ir al Carnegie Endowment for International Peace en Washington como Asociado Principal, por seis meses. Pensé en ir por un poco tiempo, y fue por ocho años. No escapé, salí después del golpe de Estado, di charlas, entrevistas que salieron publicadas en los medios principales. Después de eso regresé a Lima, continué en lo mío. El autogolpe y el secuestro fue en abril, yo me fui en agosto porque no podía sostenerme, no podía alimentar a mi familia. Fuera del país se me ofreció ese empleo muy bueno, en Washington. Estuve allí cuando llamaron a avisar de la captura de Abimael Guzmán (12 de septiembre de 1992).

¿Cómo sintió la recepción del mensaje de un periodista que hablaba de la dictadura desde fuera?
Inicialmente muy bien. Una revista importante me había comisionado hacer un perfil sobre Montesinos. Cuando estuvo producida, llegaron a la conclusión de que no la querían. Solo salió un año y pico después, en una revista alternativa, Covert Action Quarterly. Aquí La República la hizo traducir, pero el SIN compró la edición completita del diario. Yo podía publicar en casi todos los periódicos de Estados Unidos, sobre cualquier cosa, menos sobre Montesinos. Me decían que era un tema “en el que tienes demasiada pasión”. Viví primero en Washington, luego dos años y pico en Miami, y en 1996, La Prensa de Panamá me contrató como su Director asociado. Nos mudamos a Panamá y trabajé allí cinco años que fueron repletos de luchas.

¿Cómo fueron esas luchas?
Panamá es un país transaccional. Me di cuenta que debía enfocar el periodismo de investigación en el aspecto financiero, el económico y las trampas que se hacían dentro de él y el uso del poder político para ello. Mi primera investigación fue sobre un banco (Banaico) que había quebrado y se había llevado los ahorros de muchas personas. Hilando llegué a cuestiones de narcotráfico y de tráfico de armas que comprometían a varios dirigentes del partido del gobierno, e incluso llegaban hasta el yerno del entonces presidente Ernesto Pérez Balladares. Cuando estaba llegando a eso el gobierno quiso expulsarme del país.

Como era una razón evidentemente corrupta para hacerlo me negué. La situación se volvió tensa y yo me fui a vivir al diario La Prensa. Fue un enfrentamiento muy duro, en condiciones bastantes difíciles, pero creo que el gobierno recibió muchos más golpes y tuvieron suficiente. Me dieron el permiso y se acabó esa parte de la pelea, pero lo demás continuó. Cada investigación importante que sacamos, y fueron muchas, me significaba un proceso. La parte final de eso fue cuando continué investigando y llegué a probar que Pérez Balladares había tenido participación central en el contrabando de chinos a Estados Unidos, por supuesto tuve más juicios en Panamá pero los gringos le quitaron la visa, lo que allá es igual a que te castren. Estuve ahí hasta el año 2000 en que Alejandro Toledo, entre la primera y segunda vuelta electoral, me pidió que fuera a asesorarlo, y esa fue la primera vez que dejé el periodismo. Dije abiertamente que no me consideraran periodista hasta nuevo aviso, y vine al Perú, toda la campaña, la ‘Marcha de los cuatro suyos’, etcétera.

Estuvo cerca del que después sería el poder…
Cuando llegué no era gobierno. En términos generales es malo estar cerca del poder pero dije: esta es la lucha de la democracia contra la dictadura. El periodismo y el periodismo de investigación ya han hecho todo lo que podían hacer. Hay algunos momentos en que ya no basta. Y estuve en la campaña de 2000. Dije entonces que iba a acompañar a Toledo hasta la puerta de Palacio y que ahí me iba a despedir de él. Luego en la campaña de 2001, él me pidió que siguiera con él, pero dije que no, porque era democrática. La única circunstancia en la que yo estaba dispuesto a regresar a asesorarlo era si Alan García prometía ganar. Pensé que jamás sucedería, pero estuvo en la segunda vuelta. Lo pensé muy bien de nuevo y otra vez entré a asesorar a Toledo. Por fortuna se ganó. Cuando estaban repartiendo ministerios, fui con una carta para despedirme y decirle que regresaba al periodismo. No estuve un segundo en el gobierno. .

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