2009 / 2010
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  Gustavo
Gorriti
 
BIOGRAFÍA
ENTREVISTA
 
 
     
 
 
  Nací en Lima, en febrero de 1948, pero mis primeras memorias son las del campo, el desierto. Por las razones de fuerza mayor y fuerza menor que llevan de la circunstancia al destino, mis padres dejaron la ciudad y se fueron a vivir a una de las zonas más áridas de la tierra donde, junto con otros soñadores y refugiados de las luchas de esos tiempos, planeaban irrigar aquel desierto para hacer florecer la tierra y sus vidas.

Llegué al campo antes de cumplir los dos años y ahí aprendí a hablar y ahí crecí. Ahora sé que fue una vida muy dura para mis padres –especialmente para mi madre, nacida en Czernowitz, en la Bukovina, a quien la pampa seca y polvorienta le hacía añorar los bosques de los montes Cárpatos, las playas del río Prut y la vida –hecha ya recuerdo doloroso– de Czernowitz, la Viena del Este, donde hasta sus idiomas (el alemán, el yidisch) habían sido arrasados por las malignas tempestades humanas de la entreguerra, la Segunda Guerra, el Holocausto–.

  Fue una vida dura para ellos, pero muy feliz para mí y mis hermanas. Nuestra casa estaba en medio de la nada y durante los primeros años había que traer el agua en cilindro o en barril, y la leña para cocinar, generalmente a lomo de bestia, del valle cercano del río Acarí.

El fundo se llamaba La Pampita y la colonización, la irrigación de la Bella Unión. Sus pioneros construían un canal madre para llevar agua al área y entre tanto enterraban sus ahorros en el desierto, algo que para ellos era más bien sembrar sus esperanzas. Era gente muy diversa, recia, notable y optimista. Mi padre había sido diputado de la república, de izquierda primero y comunista después; y mi madre fue dirigente comunista en la Bukovina, bajo una de las dictaduras más brutales –la rumana– de la entreguerra. Todo eso había quedado atrás en la soledad y aridez de Bella Unión, excepto sus recuerdos, muebles, fotos y, sobre todo, sus libros.

En el pasadizo de nuestra casa de caña, barro y piso de cemento, había una biblioteca llena de los libros adquiridos por mis padres en sus vidas azarosas. La pampa, la paraca, el viento de la tarde y la biblioteca hicieron mi destino. El desierto te hace imaginar, soñar, te hace libre. Y si encuentras en los libros las ventanas a otros mundos que ya has entrevisto caminando en la pampa y escuchándola, no los dejarás jamás.

Leí e imaginé y soñé desde entonces. Ya en la adolescencia supe que lo que quería hacer era escribir pero también vivir historias como las leídas, que arrebataban el entusiasmo y la imaginación.

Años después hubo que mudarse a Lima para estudiar. El campo había cambiado también. Todo demoró mucho más de lo pensado, pero eventualmente algo de lo proyectado llegó. El agua, por ejemplo, y con ello surgieron los campos cultivados y fueron creciendo plantaciones de olivos.

Mi hermana mayor murió con apenas 19 años de vida. Había ido a estudiar medicina a la Unión Soviética, a los 17 años cumplidos y, luego que le detectaron un cáncer, regresó, sin saberlo ella ni mis padres, a morir entre nosotros. Regresó muy desilusionada de lo que vio. Mis padres jamás se recuperaron de su pérdida.

Yo empecé a estudiar Filosofía porque creía que, con el esfuerzo y quizá el talento suficiente, se podría terminar de desarrollar el sistema que respondiera todas las preguntas importantes sobre la vida, la historia, el universo. Suena infantil, pero no había marxista (y hubo muchos muy inteligentes) que no pensara que eso no solo era una posibilidad sino quizá hasta una realidad. La Filosofía no me dio respuestas pero me enseñó a preguntar mejor. Todos deberían estudiarla.

Viajé a Israel cuando tenía 19 años y pasé ahí tres de los años más importantes de mi vida. Estudiando en la Universidad Hebrea en Jerusalén, decidí finalmente que quería dedicarme por entero a escribir y que, como muchos de mis más admirados escritores, no me graduaría y me convertiría del todo en un autodidacta.

Trabajé enseñando judo. Lo empecé cuando tenía quince años y nunca lo dejé. Logré el cinturón negro a los 18 años y fui luego varias veces campeón nacional. Pero eso fue lo menos importante. Pocas influencias fueron tan importantes en educarme como el judo que aprendí de los duros, severos y generosos maestros japoneses que me tuvieron como discípulo.

Luego de regresar al Perú, divorciado y con una niña que cuidar y educar, pasé los siguientes diez años en Bella Unión, dedicado a la agricultura y también como dirigente gremial de los agricultores de Arequipa. Una reforma agraria desbocada, durante el régimen militar del general Juan Velasco Alvarado, amenazó con confiscar las propiedades medianas y hasta las pequeñas en nuestra colonización. Nos organizamos para impedirlo y, luego de gran esfuerzo, logramos que ni un centímetro cuadrado fuera expropiado.

Llegué a los treinta años convertido en un agricultor que empezaba a desarrollarse como agroexportador. Era más fácil prosperar que seguir el camino de los ideales y los sueños. Entonces, luego de meditar, trepidar y pensar decidí (en mucho gracias al estímulo de mi novia de entonces y esposa de hoy) dejar el campo y lanzarme a un objetivo en muchos aspectos confuso: dedicarme a escribir.

A los treintaitrés años, ya sin ahorros y con obligaciones, llegué a la revista Caretas a pedir empleo. Entre los años pasados en Israel y en el campo, muy poca gente me recordaba y casi nadie me conocía dentro del periodismo o la literatura. Pero Caretas, la revista original, irreverente, valiente e irónica me parecía no solo el mejor lugar para trabajar sino, de hecho, el único. Fue un todo o nada disimulado bajo las maneras propiciatorias de quien busca trabajo. Y el director de Caretas, Enrique Zileri, uno de los grandes periodistas del continente, vio algo y me contrató. ¿Qué vio? Me temo que no una promesa de talento, sino haber sido un reciente campeón nacional de judo. Zileri era un deportista entusiasta, había sido jugador de rugby y le gustó la idea de un judoka agricultor que quería ser periodista. Quizá, ahora que lo pienso, se dio cuenta que pocas cosas se complementan tan bien como las artes marciales y el periodismo.

Eso ocurrió en 1981, hace casi treinta años. Entonces, casi sin solución de continuidad, empezó la vida intensa, a veces turbulenta que no para hasta hoy. No fue exactamente como lo había pensado –escribir más libros, ganar un poco mejor– pero en lo sustantivo el destino me acordó el cumplimiento de los sueños. Me pude dedicar por entero a escribir y tuve que vivir intensamente para poder hacerlo, porque intenso y muchas veces terrible era lo que reportaba.

Trabajé en Caretas de 1981 a 1987. Cubrí la insurrección senderista y sus consecuencias; investigué la corrupción relacionada con el narcotráfico; llevé a cabo periodismo de investigación en general. Luego me retiré para escribir un libro sobre Sendero Luminoso. Fui corresponsal de El País y contribuí con varias otras publicaciones. Fui director asociado de La Prensa, de Panamá: cinco años de investigaciones, destapes y conflictos. Fui también codirector de La República y dirigí un poco antes un programa periodístico de televisión. Pasé por circunstancias de mucho peligro, y por fortuna las sobreviví. Ahora dirijo una publicación online de periodismo de investigación, y me fascinan las posibilidades y la promesa de las nuevas tecnologías.

Tengo muchos proyectos por realizar el tiempo que queda y un par de certezas: que trataré hasta el final de ser un mejor reportero y ser un mejor escritor.