2009 / 2010
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  El rastro
en los huesos
 
AUTOR: Leila Guerriero
MEDIO: Gatopardo
PAÍS: México
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COMENTARIO DEL JURADO
MEMORIA DE JUZGAMIENTO

  El Equipo Argentino de Antropología Forense existe desde 1984. Se formó para investigar los casos de personas desaparecidas en la Argentina durante la última dictadura militar y es una ONG científica, sin fines de lucro, que aplica la antropología y la arqueología forenses a los casos de violaciones de los derechos humanos. Trabaja en Latinoamérica, África, Asia y Europa, y en su país ha restituido la identidad a más de 300 de desaparecidos. Dicho así, suena importante. Sin embargo, pocas cosas tuvieron un comienzo tan improvisado como este equipo, surgido del encuentro casual entre un puñado de estudiantes de medicina, antropología y arqueología y un americano impulsivo, apenas terminada la dictadura militar. Todo empezó cuando el antropólogo forense americano Clye Snow llegó a la Argentina en 1984 a dar una charla titulada Ciencias forenses y desaparecidos, a la que asistió, por no tener nada mejor que hacer, Morris Tidball Binz, estudiante de medicina, veinte años y aspecto zaparrastroso. En medio de la charla, la mujer que traducía del inglés empezó a llorar y Morris, descendiente de ingleses, se ofreció a traducir. Las cosas transcurrieron según lo esperado hasta que un hombre del público le preguntó a Clyde Snow si los huesos de un bebé de cinco meses podían disolverse en un ataúd al punto de no dejar rastros. Snow dijo que no y el hombre contó, entonces, que era el padre de una mujer asesinada por la dictadura junto a tres hijos –6 y 4 años, y un bebé de cinco meses- y que, al exhumar los cuerpos, no habían encontrado rastros del bebé. Clyde se ofreció a revisar los restos y pensó, al mismo tiempo, que en este país había mucho por hacer. Entonces le ofreció a Morris Tidball un trabajo: armar un equipo para exhumar posibles desaparecidos. Y Morris lo armó: recurrió a sus amigos, una banda de estudiantes de arqueología y antropología, y un exterminador de cucarachas enamorado de una de esas estudiantes. Nadie tenía compromiso político. Estaban unidos por los lazos del amor, la infidelidad, las cervezas y las sábanas revueltas y les parecía un desafío ayudar a un gringo loco. La mañana del 26 de junio de 1984, cuando se reunieron en el cementerio de Boulogne para hacer la primera de las exhumaciones, no sabían lo que les esperaba: horas de excavación y un encuentro con cosas que los arqueólogos no están habituados a encontrar: cráneos de personas ajusticiadas por la nuca, ropa, zapatos. Lo pasaron mal y peor, pero siguieron, y aquellos adolescentes se convirtieron en esto que son: los responsables de dar con los restos del hijo del poeta Juan Gelman, y quienes reconocieron los restos del Che Guevara en 1997, entre otras cosas. Hoy, el grupo trabaja desde Bosnia hasta Kosovo pasando por Haití, siguiendo el rastro del terrorismo de estado, y sin perder, por el camino, un ápice de espíritu adolescente. Sin embargo, en su país, casi nadie les presta atención y trabajan sin subsidio ni apoyo del Estado argentino.