2009 / 2010
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  Morir por Pemex.
Tragedia
en la Sonda
de Campenche
 
AUTOR: Emiliano Ruiz Parra
MEDIO: Reforma
PAÍS: México
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COMENTARIO DEL JURADO
MEMORIA DE JUZGAMIENTO
  Un par de meses atrás habían muerto 22 personas en un naufragio, 20 trabajadores de una plataforma petrolera, y dos tripulantes de un barco que había hecho lo imposible por salvarlos. No había resultados de ninguna investigación oficial. La tragedia de la Usumacinta –así se llamaba la plataforma móvil— había caído en el peor momento para Petróleos Mexicanos (Pemex) y el gobierno, que lanzaba su capital político a promover una reforma para abrir la industria petrolera a la inversión privada.

  La primera propuesta que surgió en la junta de Enfoque –el suplemento dominical de Reforma especializado en reportaje político— fue hacer un trabajo sobre la indiferencia oficial hacia los familiares de las víctimas, que no habían recibido indemnizaciones. Luego la idea evolucionó: había que indagar las causas del accidente. Pero René Delgado, director editorial del diario, definió correctamente el rumbo: más que indagar las causas, había que contar la historia, reconstruir la tragedia a partir de sus sobrevivientes. Si había negligencias por desvelar, las encontraríamos ahí.

Me instalé en Ciudad del Carmen, Campeche, con la enorme suerte de que esa misma semana Pemex había convocado a varios trabajadores de la Usumacinta a esa ciudad para que rindieran testimonio a la consultoría estadounidense. Los obreros, que vivían en Chiapas, Tabasco, Veracruz o Tamaulipas y migraban cada catorcena a la Sonda de Campeche, aceptaron hablar conmigo a escondidas de la paraestatal, que cerraba toda información a la prensa. Yo nunca había vivido fuera de la Ciudad de México, y mi contacto con el mar era de turista. Tenía que recrear algo que me resultaba ajeno, así que llevé conmigo dos libros clave: Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, y Naufragio, de Joseph Conrad. Hablé con más de 10 sobrevivientes, dos de ellos prodigiosos narradores orales que recordaban con precisión horarios, diálogos y pensamientos, además de autoridades, expertos y periodistas.

El resultado fue más de 120 mil teclazos de entrevistas y cientos de datos en libretas. Pero venía la decisión más importante: cómo contarlo. No me convencía la voz del periodista que va narrando los hechos desde su óptica, y la multiplicidad de testimonios tampoco permitía una primera persona. Así que opté por la posibilidad más clásica pero menos en boga hoy: el narrador omnisciente. Y múltiples guiños a García Márquez y Conrad. La crónica no sólo provocó la furia de Pemex, sino que estableció el récord del texto más largo publicado en Reforma en una sola entrega: 44 mil caracteres. Un año después una investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos le daría la razón moral: Pemex había violado por omisión el derecho a la vida y la integridad física de víctimas y sobrevivientes.

Ahora le quitaría adjetivos y nombres propios. Las estampas del penúltimo apartado, aunque breves, ya suenan impostadas porque las discusiones sobre la privatización petrolera y los Zetas concluyeron. Pero la crónica, gracias a su editor y principal impulsor, Ernesto Núñez, sirvió para recordar que un periódico puede hacer una apuesta literaria sin perder un ápice de objetividad.